Enrique Sánches Abulí, un grande de la Historieta
y, además, todo un tipazo.
Ya hace más de un año que no cambio este Sitio que se caracterizó por su renovación mensual. Quizás me superó el esfuerzo que demanda realizarlo o una súbita falta de interés, pero lo cierto es que tras ese período de silencio, aquí estoy nuevamente dispuesto a arar la tierra.
Un estímulo fue recordar a Enrique Abulí. Pensé en su enorme calidad como escritor y guionista y tuve necesidad de exteriorizarle mi admiración. Con esa alegría en mi mente decidí retornar a este Sitio y elegí una coproducción: esta joyita que expongo, “Nequáquam”, que demuestra esa calidad en tan sólo nueve páginas.
Cuando un guión es bueno inspira, tiene aire y permite expandir las propias ideas, esas que ha exaltado. Cada vez que trabajo con Abulí, siento que nuestras intenciones se acoplan, funcionan como si hubiera habido un tácito acuerdo. Por mi parte no encaro ningún guión que no sea de mi autoría, si no me despierta un impulso narrativo. A su vez, el inigualado Enrique no concibe ninguna narración que no posea un alto sentido gráfico. Estos dos aspectos son los que asocian en nuestros encuentros de trabajo. Repárese en sus magníficas secuencias donde confía al lenguaje de las imágenes su expresión y todo su sentido. Lo notable de esas imágenes es que parecen anotadas sobre un pentagrama con el afinamiento de un músico que con solvencia se divierte al límite, jugando con los tiempos y es que, de igual manera, Abulí ajusta situaciones que resuelve en secuencias medidas y exactas que, sin embargo, resultan espontáneas y naturales.
Una cualidad de los guiones de Abulí es que dejan camino a la imaginación.
Al encarar la realización, yo puedo quitar o agregar cuadros, pero cada vez que lo he intentado he tenido que volver atrás porque resutaba mejor como él, el gran Abulí, lo había planeado. Es esa justeza, esa noción de los tiempo narrativos, lo que distingue sus guiones al sumarse a otros aspectos, tales como son su refinada ironía y la definición de personajes extraídos de su galera mágica.
Conocer a un grande es una suerte: yo tuve esa suerte al conocerlo a él y, además, con el premio de poder llamarlo amigo.
Otro magnífico recurso son los globos encadenados.